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Mi ahijada Lucero

 Mi amiga me dejó a su niña y nunca volvió

Con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, la niña se aferró a la mano de su madrina mientras miraba a la mujer desconocida que decía ser su madre. Aquella mañana de primavera, Lucero, con sus seis años de edad y una mirada que brillaba con la inocencia de un lucero, se enfrentaba a una verdad confusa.
La mujer, vestida con ropa elegante y un perfume caro, se arrodilló para mirarla a los ojos. "Lucero", dijo con una voz suave, "soy tu mamá. He venido a llevarte conmigo". La niña, sin comprender del todo lo que sucedía, se escondió detrás de la figura protectora de su madrina.
La madrina, con el corazón apretado, miró a su antigua amiga. Seis años atrás, aquella joven, asustada y sin planes de ser madre, le había entregado a una bebé de cinco meses, pidiéndole que fuera su madrina y que la cuidara "por un tiempo". Ese "tiempo" se había convertido en toda la infancia de Lucero. La madrina nunca le ocultó la verdad a la niña: "Tu mamá está lejos, pero te quiere mucho. Yo te cuido mientras vuelve".
Ahora, la mujer había vuelto, con promesas de una vida de lujos y comodidades que la madrina, con su humilde trabajo, nunca pudo ofrecerle a Lucero. El corazón de la madrina latía con fuerza, sabiendo que la decisión no era suya, sino de la niña.
La "madre" extendió la mano hacia Lucero. "Vendrás conmigo, mi amor. Tendrás una casa grande, muchos juguetes y ropa bonita, tendrás tu propio cuarto".
Lucero, con sus ojos grandes y curiosos, miró la mano tendida y luego a su madrina, a quien se aferraba con fuerza. Con una voz pequeña, pero llena de una sabiduría que sorprendió a todos, dijo:
"Señora, usted dice que es mi mamá y me quiere llevar... pero ¿sabe qué? La madrina me enseñó a atarme los cordones solita.
Ella me hacía los disfraces de princesa para jugar en el parque.
No tengo muchos juguetes nuevos, pero la madrina arregla los viejos para que parezcan mágicos".
La niña hizo una pausa, sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas. Miró a la mujer que decía ser su madre, luego a la madrina, con una certeza que atravesó el alma de todos.
"Usted dice que me quiere, pero la madrina... ella me canta canciones cuando tengo miedo de la oscuridad.
Cuando me enfermo, me da besos en la frente hasta que me siento mejor. Ella me vio actuar en la escuela y estuvo en mi primer día de clases, también en la fiesta por el día de la madre, los dibujos que hago son para ella".
"Es mi mamá de los cuentos y la de los juegos".
El abrazo de la madrina a Lucero fue de amor, de apoyo, una muestra de unión inquebrantable. Más fuerte que un lazo de sangre. Porque a veces la familia se elige. Y Lucero la había elegido como madre y ella como hija.



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