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Me enojé con mi alumno sin saber su realidad

 La seño Laura estaba preocupada por Mateo. Siempre en el rincón, callado, con ojeras que no le pertenecían a sus 8 años. Pero lo que más le preocupaba era la tarea de los lunes. La consigna era simple: 'Dibuja y escribe lo que hiciste el fin de semana'.

El cuaderno de Mateo siempre volvía con esa hoja en blanco.
Laura intentó de todo. Habló con él, le ofreció lápices de colores nuevos, le preguntó si no se acordaba. Mateo solo se encogía de hombros. Un lunes, harta de la situación, lo sentó frente a ella y le dijo con un tono más severo: 'Mateo, es la última vez. Si mañana no traes la tarea, voy a tener que citar a tus papás'.
Al día siguiente, Mateo llegó con su cuaderno. En la hoja, no había un dibujo. Había una lista, escrita con letra temblorosa:
Sábado 7:00 am: Despertar a Luli.
Sábado 8:00 am: Calentar la leche (sin que se queme).
Sábado 10:00 am - 6:00 pm: Jugar a que el piso no es lava para que Luli no salga al patio sola.
Sábado 7:00 pm: Ver si mamá dejó fideos hechos.
Sábado 9:00 pm: Contarle un cuento a Luli hasta que se duerma.
Domingo: Lo mismo.
La seño Laura levantó la vista del cuaderno. Mateo la miraba con los ojos llenos de lágrimas contenidas. 'Mis papás trabajan todo el fin de semana, seño. Tengo que cuidar a mi hermanita. No tengo tiempo para jugar. Cuidar a Luli es mi fin de semana'.
Laura cerró el cuaderno. Le puso un 10. Y lloró en silencio en el escritorio, preguntándose cuántos fines de semana de sus alumnos se estaban perdiendo en hojas que ella simplemente veía en blanco.



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