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El día que valoré mi hogar

 —¿Otra vez pastel casero, mamá? —dijo Lucía con un puchero—. Mis amigas tienen pasteles de colores, con chispitas… y aquí siempre lo mismo.

—Hija, lo hice con todo mi cariño. Quizás no es perfecto, pero tiene nuestro amor.
Recibió el regalo de su padre, una muñeca usada comprada en la tienda. La fiesta fue en su casa. La mamá había decorado todo para la ocasión, ella misma había dibujado y pintado el diseño. No había muchas cosas en la mesa dulce ni grandes lujos y la niña sentía vergüenza.
Lucía sopló las velas sin mucho entusiasmo, aunque después rió, jugó con su hermano, amigos y terminó la noche entre abrazos.
Unos días después, fue al cumpleaños de su mejor amiga. Había un pastel enorme, cupcakes de colores, un salón decorado como en las películas. Todo parecía mágico… hasta que los padres empezaron a discutir frente a todos.
La madre gritaba, el padre se fue dando un portazo. La cumpleañera se quedó callada, con lágrimas en los ojos, sin fuerzas para soplar sus velas y sin ganas de abrir los regalos.
Lucía la abrazó fuerte, pero por dentro solo pensaba en una cosa: en su cumpleaños, ella era la millonaria, con su pastel sencillo, con el abrazo de su familia, con el esfuerzo en cada detalle.
Cuando regresó, corrió hacia su madre:
—Mamá… mi cumpleaños fue el mejor del mundo. Y el pastel también. No por el chocolate… sino porque sabe a hogar.
Un regalo caro se guarda en un cajón… pero un abrazo, un pastel hecho en casa y una decoración sencilla hecha con amor se quedan en el corazón para siempre. Valoremos lo que tenemos.”



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