En la escuela pública n° 35, la seño de tercero estaba dando una clase de ESI. En el fondo del aula, Camila, de 8 años, escuchaba con una atención que nadie notaba. Hasta ese día, cargaba con un peso muy grande en su pecho. La maestra, Laura, explicó con calma la diferencia entre los secretos lindos, como una fiesta sorpresa, y los secretos "incómodos", esos que dan miedo, vergüenza o un nudo en la panza. "Ningún adulto, ni de la familia ni de ningún lado, puede pedirles que guarden un secreto que los haga sentir mal", dijo la seño, mirando a cada uno de sus alumnos. "Esos secretos no se guardan. Se cuentan. Siempre. Porque su cuerpo es suyo y nadie puede obligarlos a hacer algo que no quieren". Para Camila, esas palabras fueron una llave. El "juego secreto" que un familiar la obligaba a jugar en casa era uno de esos. Le daba mucho miedo y le dolía la panza. Le habían dicho que si contaba, su familia se rompería por su culpa. Al terminar la cla...