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Una clase de ESI salvó a Camila

  En la escuela pública n° 35, la seño de tercero estaba dando una clase de ESI. En el fondo del aula, Camila, de 8 años, escuchaba con una atención que nadie notaba. Hasta ese día, cargaba con un peso muy grande en su pecho. La maestra, Laura, explicó con calma la diferencia entre los secretos lindos, como una fiesta sorpresa, y los secretos "incómodos", esos que dan miedo, vergüenza o un nudo en la panza. "Ningún adulto, ni de la familia ni de ningún lado, puede pedirles que guarden un secreto que los haga sentir mal", dijo la seño, mirando a cada uno de sus alumnos. "Esos secretos no se guardan. Se cuentan. Siempre. Porque su cuerpo es suyo y nadie puede obligarlos a hacer algo que no quieren". Para Camila, esas palabras fueron una llave. El "juego secreto" que un familiar la obligaba a jugar en casa era uno de esos. Le daba mucho miedo y le dolía la panza. Le habían dicho que si contaba, su familia se rompería por su culpa. Al terminar la cla...

Más que una campera de egresados

  En la Escuela N°14 de la provincia de Misiones, ser de séptimo era usar una campera de egresados. Era una ley no escrita, un pasaporte de tela que te distinguía del resto de los guardapolvos blancos. Pero en mi casa, en ese otoño, las leyes que importaban eran otras: la del alquiler que no esperaba y la de la comida que no se compraba sola. Mi campera era un sueño imposible. Lo asumí en silencio. Mientras mis compañeros elegían colores y discutían si el apodo iba bordado o estampado, yo me dedicaba a dibujar en el cuaderno. Pero el silencio de un chico de doce años es un grito para quien sabe escuchar. Y mis compañeros escucharon. Fue idea de Lucía, la delegada del curso. Se lo dijo a la profe de Plástica, la Seño Andrea, una mujer flaca y enérgica que siempre olía a tiza y a aguarrás. —Profe, no es justo que Leo no tenga su campera. —No es justo, no —coincidió la Seño Andrea, mientras se limpiaba las manos en un trapo—. Pero la plata no crece en los árboles, y en la sala de maes...

Se avergonzó de su papá albañil pero le dio una sorpresa

  Ahí estaba Mateo, con sus 12 años, sintiendo cómo el corazón le latía a mil por hora. No era solo la emoción de su graduación de primaria, sino un nudo en el estómago que le apretaba cada vez que pensaba en un detalle: su papá. Don Ramiro, su padre, un hombre fuerte y de manos callosas, se había esmerado en criarlo, pero su oficio de albañil no permitía lujos ni ropa impecable. Mateo sabía que su papá iría directamente del trabajo a la ceremonia, con su ropa manchada de cemento y polvo. Había pedido permiso ese día para salir un poco antes y llegar justo para ver a su hijo recibir el diploma. Cuando vio a don Ramiro entrar por la puerta del auditorio, Mateo sintió un bochorno que le quemó las mejillas. Sus amigos, sentados a su lado, no tardaron en susurrar y reír por lo bajo. "Mira, ahí viene el papá de Mateo, ¡parece que se escapó de la obra!", soltó uno, y las risas se contagiaron. Mateo hundió la cabeza, deseando que la tierra se lo tragara. Quería a su padre, claro que...

Los quince de Valentina

  Valentina cerró la aplicación de Instagram en su celular con un suspiro. Acababa de ver las fotos de la prueba de vestido de su amiga Delfina: una creación de diseñador, con capas y capas de tul y cristales bordados. Su fiesta de quince iba a ser en el salón más caro de la ciudad, con un DJ famoso y un catering que costaba una fortuna. Valentina se sentía feliz por ella, pero no podía evitar que una pequeña punzada de tristeza le apretara el pecho. Su realidad era muy distinta. Sus papás, Mónica y Javier, eran trabajadores incansables, pero el dinero nunca sobraba. Sabía que estaban haciendo un esfuerzo enorme para que ella tuviera su noche soñada, pero también sabía que esa noche no se parecería en nada a la de sus amigas. —¿Qué pasa, mi amor? —le preguntó su mamá esa tarde, mientras la veía revolver el mate con la mirada perdida. —Nada, ma... —dudó un segundo, pero la cara de su madre la invitaba a ser sincera—. Es que... veo cómo van a ser las fiestas de las chicas y me da un ...

La sorpresa para Emma: sin TACC

  El mundo de Emma, a sus ocho años, tenía los bordes definidos por un "no" rotundo. Un "no, eso no podés" que se repetía en cada cumpleaños, en cada recreo, en la vidriera de cada panadería cuyo aroma a pan caliente se le antojaba un paraíso inalcanzable. Emma era celíaca, y en su humilde casa de paredes descascaradas, esa palabra de siete letras pesaba como una condena. Su mamá hacía malabares con el dinero que su papá traía del taller. Comprar la premezcla sin TACC era un lujo que significaba recortar de otro lado. Sus dos hermanos mayores, Juani y Lucas, podían devorar las galletitas de oferta, los alfajores que compraban con algunas monedas en el kiosco de la esquina. Para Emma, había un estante aparte en la alacena, un pequeño tesoro de galletas de arroz y algún alfajor de maicena que costaba el triple y sabía a esfuerzo. La diferencia dolía en silencio. Dolía cuando sus hermanos untaban dulce de leche en un pan blando y esponjoso mientras ella masticaba su ga...

"En otra vida..." mis alumnos problemáticos

  La actividad que hizo que entendiera a mis alumnos problemáticos La profe Laura se miraba al espejo del baño de la sala de profesores, su reflejo revelando ojeras profundas y una expresión de agotamiento. Primer año de secundaria. Se suponía que sería el inicio de una etapa, el despertar de la curiosidad, la formación de jóvenes mentes. Pero este grupo… este grupo era un huracán. Gritos, burlas, desafíos, indiferencia. Era, sin dudarlo, el peor curso que le había tocado en sus quince años de carrera. Cada clase era una batalla. Intentaba estrategias, reprimendas, charlas individuales que terminaban con respuestas monosilábicas o miradas vacías. Los chicos y chicas de 1° "B" eran un enigma impenetrable, un muro de rebeldía y apatía que ella no sabía cómo derribar. ¿Qué les pasaba? ¿Por qué tanta bronca, tanta distancia? A veces, Laura sentía que estaba fallando, que había perdido la chispa, que ya no sabía cómo conectar. Una noche, mientras se desplazaba sin rumbo por TikTok...

Julián: más allá del autismo

  En la Escuela N° 12, un día llegó Julián, un niño nuevo para el segundo grado. Venía de otra escuela que su familia, a pesar del esfuerzo, ya no podía pagar. Julián tenía autismo y la adaptación a un lugar tan distinto, lleno de ruidos y nuevas caras, era un gran desafío para él, para sus maestras Lorena y Claudia, y para su querida mamá. Los primeros días fueron difíciles. El bullicio del recreo, el timbre fuerte, las voces de tantos niños... todo era una avalancha para Julián. Se sentía desorientado, buscando refugio en sí mismo, dibujando en silencio. Las maestras Lorena y Claudia lo veían y se preocupaban, buscando la forma de ayudarlo a sentirse parte. Un mes después, llegó el esperado día de los cumpleaños del mes. La tradición en la Escuela N° 12 era celebrar a todos los cumpleañeros juntos, con torta, canciones y muchos aplausos. La alegría llenaba el aula, pero para Julián fue demasiado. El ruido, los gritos de felicidad, las palmadas ruidosas... todo lo abrumó. Se tapó ...